22 de marzo de 2019 notifications search
menu
Columnas la Laguna

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

ARMANDO CAMORRA
miércoles 20 de febrero 2019, actualizada 9:04 am


“¡Por favor, vida mía, abre las piernas!”. Ese ruego le hizo el excitado ciempiés a su hembrita. Respondió ella terminante: “¡No, no, y cien veces no!”. Aquel señor era padre de cinco hijas: Lala, Lela, Lila, Lola y Lula. Lala se llamaba Eulalia. Lela era Aurelia. El nombre de Lila era Odila -bello nombre-. Lola correspondía a Dolores. Y Lula era Lourdes. Feliz estaba el señor con sus cinco hijas: ya se sabe el amor que las hijas profesan a sus padres. Hay una famosa película: “Cuando los hijos se van”. Jamás se hará una con el título “Cuando las hijas se van”. Las hijas no se van nunca. Aun así el dicho señor sentía el deseo de tener un hijo hombre que perpetuara su apellido, por más que el tal apelativo no era muy digno de perpetuación: el señor se apellidada Cacarroja. Después de cinco años de nacida su última hija la señora trajo al mundo -¡oh milagro!- un varoncito. Transcurridas una semanas del venturoso advenimiento un amigo del señor le preguntó: “Y dime: ¿a quién se parece el niño?”. Se quedó pensando el feliz padre y luego respondió, perplejo: “La verdad, no lo sé. Mi hijo tiene ya casi un mes de nacido y es fecha que no le he visto la cara”. El principal instrumento de gobierno de López Obrador es su conferencia mañanera. Única en el mundo, esa casi cotidiana comparecencia es al mismo tiempo megáfono, pantalla, tribuna y tribunal, patíbulo, picota, cátedra, púlpito y desde luego el show de un solo hombre de mayor audiencia en el país. Esfuerzo grande, físico y mental, ha de significar para AMLO esa temprana presentación, y más porque la precede otra más tempranera aún: la reunión de seguridad que -según entiendo- empieza a las 6 de la mañana. No hay quien pueda aguantar por mucho tiempo un ritmo así, y más si se le suman las demás tareas del Presidente, sus frecuentes viajes, los recorridos que hace por carretera, sus esperas y filas en los aeropuertos. Ya se empiezan a advertir en el semblante del mandatario huellas de esa intensa actividad. A López Obrador no se le puede calificar de viejo -representa mayor edad de la que tiene-, pero tampoco es ya un joven. A más de eso sería imprudencia grave olvidar sus antecedentes de salud. Un médico amigo mío opina que a donde el Presidente vaya debería estar siempre dispuesta, y muy cercana, una unidad de cuidados intensivos cardiológicos, a fin de hacer frente a cualquier emergencia. Una recomendación así no es expresión de vano pesimismo, sino muestra de sincera preocupación por la persona de quien rige los destinos del país. Y otra cosa dice el doctor mi amigo: ojalá que luego de la venta -o intento de venta- de la flotilla aérea presidencial haya quedado por lo menos un helicóptero, igualmente necesario en ese caso que ojalá nunca se presente. Útiles son estas precauciones para cualquiera -nadie sabe lo que en un momento le puede suceder-, pero en tratándose de la persona del Presiente tales previsiones revisten importancia capital. Mientras tanto alguien cercano a AMLO debería sugerirle que baje un poco el ritmo de su actividad. Hay más tiempo que vida, afirma la sabiduría popular, y añade que las prisas no son huenas. “Chi va piano va lontano”, dicen en Italia. El que va despacio llega lejos. (Y también piensa un poco más). Una mujer estaba dando a luz en medio de grandes sufrimientos. Gemía, trasudaba, y en ocasiones no podía contener un fuerte ululato de dolor. Su atribulado marido le tomó la mano y le dijo en tono compungido: “¡Me apena mucho el aflictivo trance por el que pasas ahora, esposa mía!”. Respondió la señora entre sus ayes: “Puedes estar tranquilo, Corneliano.

RELACIONADAS
COMENTA ESTA NOTICIA
Cargando comentarios...
*
Cargando tendencia...