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miércoles 20 de febrero 2019, actualizada 9:35 pm


La anhelada paz

En palabras de un famoso pastor evangélico de River Church, de Anaheim, California, “provocar la paz, a veces demanda tener una actitud de guerra”; sin embargo, cabe aclarar que el concepto guerra no necesariamente implica una connotación de uso de la fuerza y mucho menos de contienda armada, como medio para lograr la anhelada paz.

Si entendemos que “paz” es ausencia de conflictos, y por ende también de miedo, de angustia, de temor; entonces vivir en paz es una utopía; término que en un sistema de gobierno se refiere a una sociedad perfecta en donde todo discurre sin conflicto; un ideal inalcanzable; sueños y anhelos difíciles de lograr, proyecto inviable que sólo sirven de guía a nuestras acciones; camino que habrá de seguirse, a sabiendas que difícilmente llegará a su destino, pero que en el tránsito de su caminar la vida será más llevadera.

Si AMLO sueña con acabar con la corrupción en México, ¡Bien por él y bien por nosotros!, porque en ese ideal cabemos todos; todos los que reprobamos el robo al erario público, el robo de combustóleos y en general de conductas deshonestas y delictivas; y cuando digo “todos” me refiero a una inmensa mayoría de mexicanos que a poco tiempo de haber tomado el mando el nuevo gobierno ha emprendido acciones contra este cáncer social.

No es lo mismo mantener la paz que provocar la paz; para hacer lo primero, antes debemos tener lo segundo. (La paz). ¿Cómo provocarla? Fácil: Denunciar a quien delinque, al corrupto, al ladrón, al embaucador; armarse de valor y exigir de buena manera nuestros derechos, decir claramente y con aplomo lo que tiene que decirse, sobre todo cuando tenemos la razón sobre cualquier asunto que se dirima, tener una conciencia cívica y hablar por el que no puede hablar, ayudar a quien lo necesita, emprender acciones de cambio, aunque mucho de lo que hagamos implique renunciar temporal o definitivamente a un estado de confort, abstenernos de la transa, el moche, el engaño, luchar contra nuestro propio el egoísmo y la avaricia que la inercia de la vida en los últimos 30 años nos ha llevado.

Por supuesto que eso de “fácil” es relativo; pero lo cierto es, que no hay imposibles cuando existe voluntad, y cuando hurgando en nuestra historia personal re-descubrimos un sustento axiológico; lo que significa rescatar los valores humanos más esenciales para la convivencia social

El cambio de una sociedad no puede venir por decreto, aunque las leyes y el ejemplo de quienes las redactan y aplican es fundamental. El cambio será más fácil y rápido si se inicia en el hogar, en la crianza de las nuevas generaciones y en los primeros años de formación y educación básica. Huelga decir que la introyección de valores morales es determinante; aun cuando la moral es cambiante en el tiempo y en el espacio, hay valores humanos que son inmutables, y que si práctica de éstos en la vida cotidiana abonará a la paz, en el entorno social en el que nos movamos.

Por el contrario, la omisión ante lo reprensible en conductas sociales, según los parámetros de lo “normal”, pero sobre todo de la recta conciencia (sin caer en puritanismos) ni en criterios cerrados o visiones cuadradas de blanco y negro, sólo producirá una paz simulada.

Educar conscientemente para la paz supone educar o reeducar en valores y actitudes; y revalorar conceptos como la justicia, la libertad, la solidaridad, el respeto, la actitud crítica, el compromiso, la autonomía, el dialogo, la participación.

Héctor García Pérez

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