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EDITORIAL

¿Cuándo nos perdimos?

ARNOLDO KRAUS
martes 22 de enero 2019, actualizada 6:55 am


¿Fue primero el fuego?, ¿surgieron al unísono las piedras afiladas y los metales?, ¿cuándo dejamos de ser nómadas?, ¿las primeras casas?, ¿cuándo la piel de animales para cubrir el cuerpo?, ¿la rueda?, ¿la idea de la familia?, ¿la necesidad de vivir en comunidad?... Incontables preguntas cuyas respuestas, parciales o absolutas, han sido investigadas por historiadores para explicar el proceso de la civilización y entender cuándo y cómo el ser humano se "humanizó". Los elementos previos fueron cimentales para el desarrollo intelectual de nuestros predecesores. Difícil imaginar ese mundo. Interesante reflexionar en las vías que produjeron los cambios.

Después llegaron incontables novedades. Papel, tinta, telegramas, carrozas, bicicletas, automóviles, canoas, barcos, aviones, cohetes, y otros enseres, no indispensables cuando no existían, hoy fundamentales para continuar en el torrente de la vida: teléfonos fijos, teléfonos celulares, radio, televisión a color, tocadiscos pesados con agujas con punta de diamante, discos de acetato, CDs, audífonos para iPod con música ininterrumpida, teléfonos de disco -ahora piezas de museo-, celulares para hablar con los hijos cuando el cuarto queda lejos de la cocina o con la misma facilidad con quien se encuentre a miles de kilómetros de distancia, iPad para la cama y computadoras maravillosas e indispensables con las cuales se piensa y se escriben correos a remitentes a un metro de distancia física y a miles de kilómetros en el aspecto emocional.

Toda una serie de construcciones humanas para humanos. Toda una serie de modificaciones íntimas en el ser humano, propias de nuestros tiempos, acordes con el uso y abuso de la tecnología. Todo un álbum de "nuevos" seres humanos; "nuevos", ¿con comillas o sin comillas? Para quienes recordamos a los carteros, oficio casi en extinción, cuya valija portaba cartas escritas semanas atrás, "nuevos" requiere comillas. Para los jóvenes nativos de la era Internet, nuevos no requiere comillas. Los nativos de Internet manejan la información como si fuese su propio cuerpo; son, ni lo saben ni les importaría escucharlo, objetos de sus propias herramientas. Exponerse al mundo de la comunicación desnuda; ser usuario de Internet, sobre todo compulsivo, revela las partes más íntimas de las personas.

Utilizar Internet implica abrirse a una industria inimaginable encargada de desmenuzar los recovecos particulares de cada ser para así, primero dominar su voluntad y, después, "venderla" a las leyes del mercado. El historiador israelí, Yuval Harari, sostiene que los medios se han apoderado del libre albedrío: "Fíjese en la próxima idea que surge en su cerebro. No, no se le ha ocurrido libremente. 'Hackear' nuestra mente no es tan difícil. Gobiernos y empresas ya están trabajando en ello". Renglones adelante, reflexiona sobre el libre albedrío: "nuestras decisiones y sentimientos son manipulados de manera cada vez más personalizada. En la era del big data y la inteligencia artificial, esto -la pérdida del libre albedrío- no ha hecho más que empezar".

Antes de Harari, Pedro Salinas, autor de "La voz a ti debida", tras leer, a principios de la década de los cuarenta del siglo pasado en una oficina de correos de Nueva York, el anuncio publicitario "No escribas cartas, poned telegramas", sintió el impulso irrefrenable de defender la escritura de cartas. Interpreto a Salinas: Mejor letras escritas a mano, palabras borradas o reescritas en papel en vez de máquinas impersonales.

Salinas buscó alertarnos: en su tiempo las palabras escritas tendían puentes humanos. Harari nos advierte: fuentes externas, poco o muy malignas -el lector decide-, se adueñan de nuestras decisiones y, al hacerlo, eliminan el libre albedrío y nos convierten en rehenes.

La vieja idea, promovida por pensadores y religiosos, "conócete a ti mismo", ha perdido vigencia, no sólo por el enjuto tiempo que las personas dedican a la introspección y al silencio, sino por las infinitas ofertas de los medios de comunicación. Los tiempos modernos militan contra el cultivo del ser interno.

Fuego, papel, tinta, teléfono, hogar, vestimenta, medicamentos y un largo etcétera modificaron al ser humano. Los cambios fueron, sobre todo, externos. Ahora los botones que pinchamos en las redes desgranan el interior y modifican la voluntad. No sabemos con exactitud cómo serán los seres humanos nacidos a finales del siglo pasado. No hay duda, serán diferentes. ¿Mejores y con más recursos o impersonales y con sensibilidades hoy desconocidas?

(Médico)

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