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EDITORIAL

Abrumar o encender: dilema formativo policial

Metáfora Ciudadana

LUIS ALBERTO VÁZQUEZ ÁLVAREZ
sábado 19 de enero 2019, actualizada 7:15 am


La mente estudiantil no es un vaso que deba llenarse, es un fuego que debe encenderse".

— Carl Friedrich Gauss

Año 1019, un viajero del espacio visita la tierra. Su objetivo es "Aprender" de los terrestres. Busca conocer cómo las viejas generaciones educan a las nuevas. Así pues, visita una escuela de la época. Obtenida la información retorna a su planeta. Mil años después regresa para ver cómo ha evolucionado la vida humana; recorre grandes urbes y puede apreciar gran avance tecnológico y científico. Descubre que el objetivo central del avance humano está fundamentalmente dirigido a la destrucción de los demás seres humanos y del medio ambiente; mucho se ha avanzado en ese campo y poco, casi nada, en la conservación y elevación de lo humanamente sublime.

Interesado en el área educativa, encuentra un edificio que dice "Escuela" y profundamente interesado ingresa a él. Encuentra enormes diferencias materiales con aquel instituto medieval; salones iluminados, no aquellos tétricos espacios grises; ropajes variados de escolares y profesores, pizarrones verdes; marcadores de colores que no manchaban las manos; libros empastados no manuscritos sucios y, sistemas de transmisión de imágenes didácticas. Pero en lo esencial del proceso de enseñanza aprendizaje no ubica novedades: el mentor, ahora con más información, pero menos vocación que sus colegas del medioevo, sigue siendo el núcleo de la función educativa; él vuelca, vomita, transmite, arroja una cantidad inmensa de información sobre alumnos pasivos que toman notas sobre el punto de vista del instructor, su educador; el "Huey Tlatoani académico" o "Gran Orador" el único con capacidad para hablar, el que siempre tiene la razón, sus súbditos escuchan y obedecen.

En lo trascendente, hoy en día, los sistemas de aprendizaje tradiciones no han variado en nada desde la escuela Escolástica. Hay un solo actor en escena: el profesor que imparte, en cátedra, su cosmovisión a sus alumnos; éstos, escuchando resignadamente "aprehenden" de la sapiencia magisterial. Largas son las noches de estudios y desvelos para "clavarse con alfileres en la mente" los textos; mismos que revomitan en el examen y luego, lo olvidan. El alumno tradicional es hijo de la "Esperanza"; espera aprender del profesor; espera terminar sus estudios; espera tener un título para subsistir en esa vida materialista donde lo que vale es el "Tener" y no el "Ser". Esa esperanza es el arquetipo de los perdedores, de los fracasados; de los que esperan que lo enseñado en el salón de clase sea la verdad; los acontecimientos de la vida los llevan como el viento a las hojas; no controlan nada, son controlados. Finalmente, el proceso se repite de manera continua generación tras generación. Así se ha hecho por muchos milenios, así deberemos seguir haciéndolo; es el paradigma de la educación bancaria.

Un cambio radical debe darse en todos los niveles del estudio y en todas las áreas de la vida, en todas las instituciones de enseñanza, públicas y privadas, en cursos de actualización empresarial, academias militares y policíacas. Ahora más que nunca urge la preparación ética de las fuerzas de seguridad, justo cuando se debate si deben ser militares o civiles o un corpus híbrido. Apremia capacitar a los policías, más allá de las técnicas defensivas y ofensivas; en una ética ciudadana y una filosofía del servicio a la comunidad. Es importante tener en claro que el conocimiento teórico no sirve de nada si no se finca en valores y principios vivenciales, como respeto, generosidad, empatía y compromiso social.

La Ética Profesional sólo se aprende viviéndola a través de acciones en beneficio de la comunidad; no repitiendo preceptos o memorizando leyes que no tienen sentido social. ¿Cuántos políticos que hoy son acusados de corrupción algún día recibieron educación moral y repitieron infinitamente los Diez Mandamientos? La formación de todas las policías del país, ante la visión ciudadana, ha sido un fracaso, como lo demuestra la encuesta publicada este mes por la prestigiada empresa Parametría: un 67% de los entrevistados prefiere al ejército, contra un 25% a la policía; un promedio del 57% cree que las fuerzas armadas respetan los Derechos Humanos; sólo un 20% que lo hacen las policías y un 85% cree necesaria la presencia del ejército en las calles. Lo anterior no es bueno en sí mismo, pero nos invita a primar la técnica didáctica que capacita a las fuerzas de seguridad basándola en la reflexión profunda, en el análisis y evaluación de dilemas éticos relacionados con su persona, su práctica profesional y la comunidad a la que sirven y por la cual luchan. Deben ser capaces de reconocer que necesitan la ética para el desarrollo personal y social. Deben replantearse, descubrir y fortalecer su compromiso con la comunidad como la única dirección que se enfoque en la búsqueda y concreción del bien común.

Nuestros agentes de seguridad deben potenciar sus habilidades éticas para desarrollar competencias ciudadanas; en especial aquellas requeridas para convertirse en líderes comunitarios que enfrenten y motiven a confrontar los retos y oportunidades que la realidad social, en permanente cambio, nos exige. Si se les va llenar el cerebro con fórmulas de honestidad, no va a cambiar para nada su fisonomía de enemigos de la comunidad, alguien a quien cuando se le ve, se le odia y teme. Los agentes de seguridad deben inspirar tranquilidad, confianza y honorabilidad. Que cuando te les acerques; cuando los necesites, los puedas saludar con alegría por el placer de hacerlo; seguro que él es una persona íntegra, reconocida como tal y aceptada por su honestidad, valentía ante el peligro y lealtad por la legalidad. Que sean el resultado de una formación académica y técnica basada en el respeto a la dignidad de la persona humana.

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