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SAÚL ROSALES Viernes 14 de sep 2018, actualizada 6:07pm ... Anterior El Siglo 1 de 2 Siguiente ... El Siglo

Me gusta mi trabajo


Nuestro Mundo

El marxismo encontró que el asalariado es un enajenado en tanto sus necesidades de subsistencia, no el gozo de transformar, lo obligan a trabajar.

Es muy común oír en asalariados de todos los niveles de la población económicamente activa un enunciado que parece inocuo y que hasta suena reconfortante y aun tremolante de soberbia en quien lo articula. Como dice el habla popular, se le llena la boca a quien pronuncia: “Me gusta mi trabajo”.

A quienes han observado lo básico del modo de producción económica el enunciado “me gusta mi trabajo” que canta el asalariado les resuena como aflorado de la inconsciencia, como recurso consolador o como justificación de la torcida conveniencia laboral, por lo menos.

No hace mucho la frase conformista se instauró en la cotidianidad. Se puede pensar que los poderosos se la infundieron a la sociedad después de las turbulencias asalariado-patronales de la segunda mitad del siglo pasado y tras los reclamos de la clase trabajadora inspirados en el marxismo.

No es de dudar que las cuatro palabras cargadas de intención desmovilizadora de los trabajadores hayan surgido de un conclave internacional, pero en nuestro país empezaron a sonar intensamente a través de los medios masivos en el siglo XX y ahora las redes sociales las reproducen.

El “me gusta mi trabajo” surgió para oponerlo a las ideas marxistas que demuestran que el asalariado es un trabajador explotado y enajenado. Le inventaron la frase controladora para evitar o frenar la conciencia de que vive una condición desgastante y alienada.

Los estudios marxistas que se remontan a cuando apareció el trabajo como fuerza transformadora del hombre que a su vez transforma la naturaleza (el oro de la mina en moneda y alhajas; la fruta en néctar embotellado; el algodón en ropa) se dedican al tema con meticulosidad histórica, filosófica y económica.

Así el marxismo encontró que el asalariado es un enajenado en tanto sus necesidades de subsistencia, no el gozo de transformar, lo obligan a trabajar. Su condición de enajenado la evidencia el hecho de que durante las horas de trabajo debe pensar en su labor y no en sí ni en su familia ni en sus otros intereses.

Esa inhumana condición de vida alimentó prolijamente el humanismo marxista que se propuso –se propone– restituir a los asalariados –y a toda la especie– la plenitud mediante el trabajo desenajenado, mediante el trabajo socialmente necesario.

Así pues, para combatir la idea de que el asalariado vive una realidad de enajenado y explotado –aunque no se dé cuenta de ello– mientras se enfrasca en su trabajo, y que por tanto no se siente a gusto en esa condición, le inventaron y le inyectan las cuatro sedantes palabras de “me gusta mi trabajo”.

Es cierto que el trabajo proporciona mucha o poca satisfacción. Así lo muestran la bibliografía marxista y estudios de otras disciplinas. Pero es distinto decir “me gusta mi trabajo” desde una condición de enajenado a decirlo desde la conciencia de serlo y sobre todo de hace algo por transformar esa realidad.

El asalariado que enuncia “me gusta mi trabajo” lo dice por su falta de conciencia proletaria que le impide valorar su importante papel en el modo de producción económica; porque con la magia de esas cuatro palabras se consuela por la falta de atractivos en su vida; porque tiene el empleo, aunque le disguste y se engaña a sí mismo ya que conoce el enorme problema del desempleo; porque mantiene la esperanza de la jubilación y, en fin, hasta porque en su pobreza, encuentra mejores condiciones para permanecer en el centro de trabajo que en su casa.

Es dificultoso entender estrategias de los poderes mundiales como la de las cuatro palabras de “me gusta mi trabajo”. Además es problemático comprenderlas mediante el estudio de los libros escritos para que el asalariado razone su gran papel en el proceso de producción económica. Por eso resulta más cómodo repetir “me gusta mi trabajo”.

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